Defectuoso por diseño. El DRM y la propiedad de lo descargado “legalmente”

Del 15 de mayo de 2014

 Defective by design - Ipod DRM CC BY NC SA 2.0

Formalmente conocido como Digital Rights Management, rebautizado por otros como Digital Restrictions Management (o Measures) o simplemente a veces referido como Sistema anticopia, sea como sea lo cierto es que en la práctica se trata de algo tan desconocido como aceptado. Con el pasado 6 de Mayo como su propio anti-día, este sistema técnologico comprende medidas tan amplias y tan habituales en nuestro uso cotidiano de muchos servicios y formatos digitales como evitar que puedas reproducir un DVD en algunas zonas del planeta, evitar que puedas duplicar un CD o un DVD, evitar que extraigas un archivo de audio de un determinado software, evitar que puedas leer un determinado archivo de texto en un libro electrónico diferente, requerir de una conexion a internet de forma permanente para acceder a archivos locales… Todo ello son ejemplos a los que estamos bien acostumbrados y por supuesto siempre tratrándose de archivos digitales de obras “legalmente” adquiridas aunque yo siempre prefiero hablar de “mediante distribución que remunera equitativamente a los titulares de derechos” ya que no exiten descargas legales ni ilegales (pero ese es otro tema).

Su regulación legal, mediante Tratados de la OMPI así como Directivas europeas, está recogida en el Título V de nuestra Ley de Propiedad Intelectual. Concretamente se protegen las medidas tecnológicas eficaces, esto es: “toda técnica, dispositivo o componente, que en su funcionamiento normal, esté destinado a impedir o restringir actos referidos a obras que no cuenten con autorización de los titulares…” Aquí hablamos tanto de sitemas de codificación (técnicas) como de software que límite determinados usos (dispositivos) como de hardware físico que imposibilite usos de alguna manera (componentes), y siempre sobre obras protegidas por la Propiedad Intelectual y no otro tipo de información como datos, ideas… Y por tanto su elusión (crackear) o los actos preparativos para eludir (fabricar, vender, distribuir… instrumentos crackeadores) son actos ilegales o incluso pueden llegar a tipificarse como un delito del artículo 270.3 del Código Penal.

Lo interesante de la regulación que hace la Ley es que no solo hablamos de un derecho que tienen los autores y demás titulares a regular conductas (derecho a reproducir, a comunicar públicamente a distribuir o trasnformar) sino que es además un derecho a controlar el acceso a obras digitales. Lo que nos lleva a la interesante reflexión de si realmente finalizan los derechos de explotación de una obra en algún momento, ya que sí es cierto que la Ley determina una caducidad concreta para regular conductas pero no lo hace para regular estos accesos digitales a esas mismas obras que pueden seguir viéndose limitadas en sus usos reales (Ej. descargo libro bajo CC o  dominio público en un determinado formato que solo permite ser reproducido en un determinado dispositivo o software) Lo que podríamos llegar a entender como una extensión de facto de esos derechos de explotación, un sistema que permite controlar una explotación de forma ilimitada al gusto del titular, en defenitiva como bien apunta Cory Doctorow una “ruptura del pacto social” con respecto a la propiedad y sus funciones dentro de una sociedad aunque este último es un discurso ninguneado no solo por la industria sino incluso tristemente por muchísimos juristas.

Otro aspecto interesante, más controvertido aún si cabe, es la imposible relación entre las medidas tecnológicas y el ejercicio de los límites del artículo 31 y siguientes de la LPI como el derecho a la copia privada. El artículo 161 de la LPI a través de una auténtica serie de malabarismos intenta configurar un sistema para salvaguardar los intereses de todos, pero que enseguida se adivina poco práctico. De entrada el titular de las medidas tecnológicas solo tiene la obligación de respetar el ejercicio de un numero limitado de esos derechos como son la copia privada, procedimientos oficiales o ilustración de la enseñanza y poco más, quedando fuera derechos como la cita o la parodia. Respecto a la forma de garantizarlo nos dice que será principalmente el mismo titular que lo proponga lo que enseguida nos lleva a preguntarnos ¿cómo lo hará sin desvelar su tecnología de protección?. Si esa opción no funciona o no convence el mismo artículo propone “…acudir a la jurisdicción civil” (¡menuda ayuda!). Se contempla además la posibilidad de limitar tecnológicamente el número de reproducciones en virtud del derecho de copia privada que el titular quiere permitir hacer… pasando de un límite para los autores a un límite para los beneficiarios en un giro de 180 grados. Por último se nos dice que para las medidas tecnológicas que afecten a obras distribuidas en internet, nos deberemos a lo “convenido por contrato” es decir a lo que establezca la licencia de explotación del servicio en cuestión.

Josh Bonnain - 1984 meet DRM CC By 2.0

Josh Bonnain – ’1984 meet DRM’ CC BY 2.0

Es además una tecnología por otra parte ineficaz. Mi ejemplo favorito es el de cuando salieron los primeros DRM anticopia para cds musicales que era tan fácil como realizar una copia entera con el sistema anticopia incluído para que éste siguiese “activo” en el nuevo cd duplicado. Para que un sistema así pudiése llegar a funcionar con sufienciente credibilidad, tendríamos que hacer cosas como descargarnos por una parte el archivo digital de una obra de forma codificada y por otra parte la llave o el software para revertir la codificación, y aún así tengo mis dudas. Y cuanto más seguridad buscásemos más avanzado tendría que ser luego el nivel del usuario, lo que actúa totalmente en contra de la experiencia de consumir contenidos de forma digital. Sin olvidar las vulnerabilidades de seguridad que supone ya que para estos sistemas no eres el administrador del sistema con permisos para hacer y deshacer, ya que eso sería eludir estos sistemas y por tanto sería ilegal, actuando como una puerta trasera magnífica para esa mano negra que puede meter mano en tu estantería en cualquier momento y te recuerda tu pobre ilusión de poseer aquello que descargas “legalmente”.

De ahí la fuerte crítica que siempre acompaña al DRM desde finales de los 90. Hablamos de una tecnología paternalista que nos incapacita para desarrollar un sentido real de la responsabilidad sobre los usos que hacemos de las obras. Una tecnología que controla nuestra conducta cerrándonos puertas y contribuyendo a mermar nuestra curiosidad por saber por qué esta cerrada y qué hay detrás de ella. Por todo ello es por lo que debemos recordar que la justicia es y debe seguir siendo impartida por seres humanos y no por una tecnología que lejos de serivir para preservar derechos, resulta creadora de productos defectuosos o incompletos que solo sirven para crear y mantener posiciones dominantes de mercado.

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